Vale, vamos a decirlo claro desde el principio: la crema hidratante no es un timo, ni un invento del departamento de marketing.
Últimamente en redes sociales parece que hemos entrado en el “todo o nada”:
- que si “la crema es puro marketing”
- que si “con un sérum tienes más que suficiente”
- que si “es un paso inútil”
Y a ver, cuando se habla para el gran público, se habla en general. Y lo general, amiga, no siempre aplica a tu piel, a tu rutina ni a tu realidad.
Entonces, vamos por partes:
La crema hidratante, en una rutina estándar, sella la hidratación, protege la barrera cutánea, una especie de “muralla” natural que la protege del mundo exterior (léase contaminación, bacterias, clima de locos y hasta ese exfoliante que te pasaste de vueltas).
Esa muralla, para que funcione bien, necesita estar hidratada, flexible y fuerte. Y ahí es donde entra la crema hidratante, esa pobre incomprendida.
Porque sí, puedes echarte un sérum de alta cosmética con péptidos, niacinamida, unicornio y lágrimas de hada. Pero si no “sellas” todo eso con una cremita decente, estás dejando que el agua (y los activos del sérum) se evaporen en plan adiós, muy buenas. Literalmente, estás tirando el dinero… y la hidratación
Y eso es básico en cualquier rutina tipo, para pieles normales, secas, sensibilizadas o simplemente humanas.
¿Pero qué pasa cuando tu rutina está pensada para ti, con cabeza, estrategia y personalización?
Pues que el cuento cambia y aquí pasamos de generalizar a personalizar cuando:
- tu sérum es de esos con textura lechosa
- lleno de ingredientes hidratantes
- con un pelín de fase oleosa que ya “sella” lo que tiene que sellar,
y encima después te vas a poner una crema con protección solar que también hidrata…te preguntas si ¿tiene sentido añadir una crema más?
¡Depende y aquí se produce la excepción!
Depende de tu tipo de piel, de cómo la sientes ese día, de si vives en Mordor a 40 grados o en el Polo Norte, de si te agobia la textura, estás con unos sofocos y sudas muchísimo o si simplemente no te apetece capa sobre capa.
Y lo más importante: depende de si alguien que sabe de verdad, un profesional de la estética o del skincare, ha diseñado esa rutina para ti.
Porque aquí no estamos para seguir gurús al pie de la letra, sino para entender qué necesita nuestra piel y cómo responde a cada gesto.
Así que sí, la crema tiene su función, y es muy necesaria. Pero también hay excepciones bien hechas, bien justificadas y bien personalizadas.
Lo que no vale es improvisar y luego preguntarse por qué la piel grita “auxilio”.
Conclusión: ni fanatismo, ni odio gratuito.
Como siempre en cosmética (y en la vida): equilibrio, criterio y un poquito de rebeldía.
Porque tu rutina, si de verdad es de alta cosmética profesional, debería estar tan bien pensada que no te sobre ni te falte nada.
Y eso, amiga, también es salud.
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